LA FE
DEL ISLAM
Manly
P. Hall
1ra. Parte
Representativo de la actitud del
cristianismo hacia el islam, al menos hasta años recientes, es el epílogo a la versión
anglicista de Alexander Ross, publicado en 1649, de la traducción en francés del
Corán de Sieur Du Ryer. El autor del epílogo dirige los siguientes
improperios contra Mahoma y el Corán:
“Buen Lector, finalmente, después de mil
años, el gran Impostor árabe, por medio de Francia, llego a Inglaterra, y su Alcorán,
o aglomeración de errores, (un mocoso
tan deformado como el padre, y tan lleno de herejías como su cabeza escaldada
estaba llena de escorbuto) ha aprendido
a hablar ingles.*** Si observas
brevemente el Alcorán, puedes encontrar que este es una mescolanza de cuatro
elementos: 1. Contradicciones. 2.
Blasfemia. 3. Fabulas ridículas. 4. Mentiras.”
La acusación de blasfemia contra Mahoma
se enfatiza por el hecho de que él afirmó que Dios, aun sin casarse, era
incapaz de tener un Hijo! Sin embargo,
la falacia de este argumento es aparente de las propias visiones del Profeta
sobre la naturaleza de Dios contenidas en el segundo sura del Corán:
“A Alá [Dios] pertenecen el este y el oeste;
por lo tanto, por dondequiera que ustedes vayan a orar, allí está el rostro de
Alá; ya que Alá es omnipresente y omnisciente.
Dicen, Alá tuvo hijos: Alá no lo
quiera! A él pertenece todo lo que está
en el cielo y sobre la tierra; el todo lo posee, el es el Creador del cielo y
la Tierra; y cuando el decreta una cosa, solo dice, Sea, y es.” En otras palabras, al Dios del islam no le
queda más que desear y el objeto de ese deseo de pronto se convierte en un ser,
mientras el Dios de Alexander Ross debe proceder conforme a las leyes de la generación
humana!
Mahoma, Profeta del islam, “el deseado
de todas las naciones”, nació en Meca, en el año 570 d.C. (?) y murió en
Medina, en el año 632 d.C., o en el undécimo año después del Hégira.
Washington Irving describe las señales y maravillas que acompañan el
nacimiento del Profeta de esta forma:
“Su madre no sufrió ninguna de las
punzadas del parto. Al momento de su
llegada al mundo, una luz celestial iluminó el pueblo que lo rodeaba, y, al
elevar sus ojos al cielo, el recién nacido exclamó: ‘Dios es grande! No hay mas Dios sino Dios, y yo soy su
profeta!’ Estamos seguros de que el
cielo y la Tierra se agitaron con su llegada.
El Lago Sawa volvió a sus fuentes secretas, dejando sus bordes secos;
mientras que el Tigris, saliéndose de sus límites, inundó las tierras
vecinas. El palacio de Khosru, el rey de
Persia, se estremeció sobre sus cimientos y varias de sus torres cayeron a la
tierra.*** En esa misma noche repleta de
acontecimientos, el fuego sagrado de Zoroastro que, mientras era custodiado por
los Magos, había quemado ininterrumpidamente por hasta mil años, fue súbitamente
extinguido y todos los ídolos del mundo cayeron.” (Véase Mahoma
y Sus Sucesores).
Mientras el Profeta aun era solo un bebé,
el Ángel Gabriel, con setenta alas, llegó hasta él y, abriendo al niño, le sacó
el corazón. Gabriel lo limpió de la gota
negra de pecado original que está en cada corazón humano por causa de la deslealtad
de Adán y entonces regresó el órgano a su lugar correcto en el cuerpo del
Profeta. (Véase comentario al margen en
la traducción del Qur’an de E. H.
Palmer).
En su juventud, Mahoma viajo con las caravanas de la Meca, en una ocasión, fungió como cargador de armaduras para su tío y paso un tiempo considerable entre los beduinos, de quienes aprendió muchas de las tradiciones religiosas y filosóficas de la antigua Arabia. Mientras viajaba con su tío, Abu Taleb, Mahoma se puso en contacto con los cristianos nestorianos, que cierta noche habían acampado cerca de uno de sus monasterios. Aquí el joven a ser Profeta aseguro mucha de su información con relación al origen y las doctrinas de la fe cristiana.
Con el paso de los años, Mahoma obtuvo
un marcado éxito en los negocios; y cuando tenía más o menos veintiséis años de
edad, se casó con una de sus empleadoras, una viuda adinerada que era casi
quince años mayor que él. La viuda, de
nombre Khadijah, aparentemente era una mercenaria, ya que, como encontraba a su
joven gerente de negocios más eficiente, resolvió retenerlo con esa habilidad
de por vida! Khadijah era una mujer de
mentalidad excepcional y a su integridad y devoción se le debe adscribir el pronto
éxito de la causa islámica. Por causa de
su matrimonio, Mahoma fue elevado de una posición de comparable pobreza a una
de gran riqueza y poder, y su conducta era tan ejemplar que fue conocido por
toda la Meca como “el fiel y verdadero”.
Mahoma hubiese vivido y muerto como un honorable
y respetado hombre de la Meca si no hubiese tendido a sacrificar tanto su riqueza como su posición social
al servicio del Dios cuya voz escuchó
mientras meditaba en la caverna del Monte Hira en el mes del Ramadán. Año tras año Mahoma subió las rocosas y desoladas laderas
de Monte Hira (entonces llamadas Jebel Nur,
“la montana de luz”) y aquí, en su soledad, le pidió a Dios que nuevamente le
revelara la religión pura de Adán, aquella doctrina espiritual que perdió la
humanidad a través de los desacuerdos de las facciones religiosas. Khadijah, preocupada por las prácticas ascéticas
de su esposo que estaban deteriorando su salud física, a veces lo acompañaba en
su cansada vigilia, y, con intuición femenina, percibió la aflicción de su
alma. Finalmente, una noche en su cuadragésimo año, mientras yacía
sobre el suelo de la caverna envuelto en su manto, una gran luz se posó sobre él. Dominado por un sentido de perfecta paz y
entendimiento en la bendición de la presencia celestial, perdió la
conciencia. Cuando volvió en si
nuevamente, el Ángel Gabriel se presento ante él, exhibiendo un sedoso manto
con misteriosos caracteres dibujados sobre este. De estos caracteres, Mahoma obtuvo las
doctrinas básicas que más tarde fueron plasmadas en el Corán. Entonces, Gabriel habló con una voz clara y
maravillosa, declarando que Mahoma era el Profeta del Dios viviente.
Sobrecogido y temblando, Mahoma corrió hasta
Khadijah, temiendo que la visión fuese inspirada por los mismos malos espíritus
que le servían a los magos paganos que el tanto despreciaba. Khadijah le aseguró que su propia vida de
virtudes seria su protección y que no tenía nada por lo cual temer. Con esto en mente, el Profeta esperó por
posteriores visitas de Gabriel. Sin
embargo, al estas no llegar, su alma se llenó de tanta decepción que intentó
autodestruirse, solo para ser detenido cuando iba a lanzarse sobre un valle por
la súbita reaparición de Gabriel, quien de nuevo le aseguró al Profeta que las revelaciones que su pueblo
necesitaba le serian dadas mientras surgía
la necesidad.
Posiblemente, como resultado de sus
periodos solitarios de meditación, aparentemente Mahoma fue objeto de desmayos extáticos. En las ocasiones cuando los diferentes suras del Corán fueron dictados, se dice
que el Profeta caía inconsciente, e independientemente del frio del aire que lo
rodeaba, el estaba cubierto con gotas de sudor.
A veces, estos ataques llegaban sin avisar; otras veces, el estaba
sentado, envuelto en una sabana para
cubrirse del frio que provenía de la copiosa sudoración, y mientras estaba
aparentemente inconsciente, recitaba los diferentes pasajes que un pequeño círculo
de amigos confiables o se aprenderían de memoria o bajarían a escritos. En una ocasión en la vida posterior, cuando
Abu Bekr hacía referencia a los cabellos grises de su barba, Mahoma, al
levantar el extremo inferior de esta y mirarla, dijo que su blancura se debía a
la agonía física asociada a sus periodos de inspiración.
Continúa…
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Traducción del original en inglés The Faith of Islam del libro The
Secret Teachings of All Ages de Manly P. Hall. ®Sanchez&Rivera, Traductoras. 2012, Puerto Rico. madias85@yahoo.com
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