…el alma noble en la
senectud es prudente, justa y generosa, y se alegra de hablar bien en provecho
de otros y de oírlo, lo cual es ser afable.
[…] …como dice Tulio en
el De senectute, «nuestra vida normal tiene un camino, y un
camino sencillo es el de nuestra recta naturaleza; y a cada parte de nuestra
vida le ha sido dada oportunidad para determinadas cosas». De aquí que, así
como a la adolescencia se le ha dado todo aquello que puede hacerla madurar y
perfeccionarse, así también a la juventud le ha sido atribuida la perfección, y
[a la vejez], la madurez, para que la dulzura de su fruto sea provechosa tanto
a sí misma como a los demás, porque, como dice Aristóteles, el hombre es animal
civil, porque se le exige ser útil no sólo para sí mismo, sino también para
todos los demás; por esto leemos que Catón creía haber nacido no sólo para sí,
sino también para 1a patria y para el mundo entero.
Por tanto, después de la
perfección propia que se adquiere en la juventud, es necesario alcanzar aquella
otra perfección que no sólo ilumina a uno mismo, sino también a los demás; es
necesario que el hombre se abra como una rosa que no puede seguir más tiempo
cerrada y que difunda el aroma que ha engendrado dentro de sí; y esto es lo que
conviene a la edad que tenemos ahora entre manos.
Por consiguiente, hay que
ser prudente, es decir, sabio; y para serlo se requiere una buena memoria de
las cosas vistas, un buen conocimiento de las cosas presentes y una buena
previsión de las cosas futuras. Y así, como dice el Filósofo en el libro sexto
de la Ética, «es imposible que sea sabio quien no es bueno»; no podemos llamar
sabio a aquel que procede con argucias y engaños, sino que debemos llamarle
astuto….
Dante Alighieri en Las cuatro edades de la vida humana (fragmento)





