“Esta
ligereza era una impresión moral. Yo siempre había tenido un poco de miedo de
los "sabios" y de los "mentores"; e incluso cuando buscaba
a alguien que me dirigiera, pensaba: "Es una pérdida de tiempo; mi única
reacción hasta el momento ha sido responder a la enseñanza con la
insolencia"; todo sabio me parecía henchido del "espíritu de
gravedad"; y no podía soportar las "gravedades"; el
"clic" no se producía; y sin embargo, en mi subconsciente, cada vez
que veía un "sabio" me dejaba tentar; mi libre voluntad respingaba
ante la eventualidad de ser dirigido, pero el deber a veces me inspiraba:
"Tú no sabes gran cosa, mientras que alguien que tú no conoces sabe:
alguien a quien buscas". Me angustiaba la idea de que si encontraba a ése
que buscaba, "al que sabe", no podría sacar nada de ello porque sería
repelido lejos de él por mi propio: "¡No, no, no es esto!". Y se
levantaba en mi espíritu la imagen del "camello" pesadamente cargado
de leyes y de preceptos que lo metamorfosean, y a mí con él, en una noble
bestia de carga.
Y
mis encuentros con aquéllos a quienes llamaban familiarmente "los
grandes" tenían vida propia. Recordaba haberme encontrado varias veces con
Tolstoi cuando yo era niño; con Soloviov, en mi adolescencia; después, más
tarde, con Jaurés e incluso con otros, gente que yo respetaba (mi padre, L.I.
Polivanov).
En
mis años de estudiante inventé el mito de un sabio "diferente";
llevaba su imagen en mí; le conocía íntimamente, con el espíritu de mi alma;
pensaba: ¡es "mi" mito! Suspiraba por "mi sabio", mi querido
pariente, mi verdadero hermano, mi amigo, mi maestro, mi héroe claro y dichoso,
y esta espera hacía irrupción a veces de forma extraña en mis artículos:
"El sabio es el más sutil, el más dichoso de los animadores. No es serio
ni grave más que para quienes son incapaces de unir sabiduría y ligereza...
Piensa libremente. Su pensamiento revolotea. Es una música. Su velo de
indiferencia cae para escasos elegidos. Una expresión de ardiente fuerza y de
ternura sobrehumana hierve en su rostro iluminado... etc." (el simbolismo
como concepción del mundo, p.229, 1903).
Las
palabras son símbolos; cuando yo decía "gozo" y "ligereza",
sobreentendía "luz de las alturas" y "ritmo"; en esa época
vivía en mí una convicción: "Un artista no puede ser un guía. Buscas en él
a otro... bajo un rostro trágico se transparenta otro rostro, encontrado por
fin para la eternidad... rostro que nos mira con una sonrisa triste y dulce...
sus rasgos luminosos son sutilmente transparentes a fuerza de gozo, de ternura
y de paz" (Arabescos, 1904).
La
espera de "mi" sabio no me dejaba reposar; pensaba que no era más que
un mito; y a todos los que se llamaban sabios los rechazaba de antemano.
Los
segundos que pasaron entre la aparición de Steiner saliendo de las tinieblas
azules y el momento en que él ya estaba de pie en el estrado ante un ramo de
rosas púrpuras, son para mí inolvidables: era la angustiosa espera de todos
esos años míos quien subía al estrado, era el retrato de mi sabio que se
encarnaba: ¡el hombre de los pies ligeros! Y ese color luminoso de los ojos
que, a base de tristeza y de sufrimiento, me sonreía con todas las miserias del
mundo: ¡que me miraba a los ojos!
"¡Tú
eres!"
Entonces,
el fundamento oculto de mi voluntad se me reveló: ¡era el icono del rostro de
mi alma quien estaba ahí!
A
decir verdad, a quien yo había visto era a mí mismo, el que yo exigía de mí
(los ideales que construimos, ¡los hacemos para el futuro!); y ahí, de pie
sobre el estrado a cuatro pasos de mí, Steiner se ha convertido... en mi
prójimo."
Andrei Bieli en Recordando a Rudolf Steiner (Fragmento)