LOS
ELEMENTOS Y SUS HABITANTES
Manly P.
Hall
Observaciones
Generales
A diferencia de
Paracelso, algunos antiguos compartían la opinión de que los reinos elementales
eran capaces de hacer guerras unos sobre otros, y en las batallas de los
elementos reconocían desacuerdos entre estos reinos de los espíritus de la
Naturaleza. Cuando un relámpago golpeaba
una roca y la fragmentaba, los antiguos creían que las salamandras estaban
atacando a los gnomos. Como no podían atacarse
unos a otros en el plano de sus propias y peculiares esencias etéricas, debido
al hecho de que no había correspondencia vibratoria alguna entre los cuatro éteres
de los cuales se componían estos reinos, tenían que atacar a través de un
denominador común, es decir, la substancia material del universo físico sobre
el cual tenían una cantidad específica de poder.
Las guerras también se
peleaban dentro de los mismos grupos; un ejército de gnomos atacaba a otro ejército,
y podría darse una guerra civil entre ellos.
Los filósofos de hace mucho tiempo atrás resolvían los problemas de las
aparentes inconsistencias de la Naturaleza individualizando y personificando
todas sus fuerzas, acreditándoles temperamentos que no eran diferentes a los
humanos y esperando que exhibieran típicas inconsistencias humanas. Los cuatro signos fijos del zodíaco les
fueron asignados a los cuatro reinos de elementales. Se dice que nos gnomos eran de la naturaleza
de Tauro; las ondinas eran de la naturaleza de Escorpio; las salamandras
ejemplificaban la constitución de Leo; mientras que los silfos manipulaban las
emanaciones de Acuario.
La Iglesia Cristiana reunía
a todas las entidades elementales bajo el título de demonio. Este es un nombre
inapropiado que tiene consecuencias de gran alcance ya que para la mente
promedio la palabra demonio significa
una cosa mala, y los espíritus de la Naturaleza no son, en esencia, más malévolos
que los minerales, plantas y animales.
Muchos de los antiguos Padres de la Iglesia afirmaban haber conocido y
debatido con elementales.
Como ya se ha dicho
antes, los espíritus de la Naturaleza no tienen esperanza de inmortalidad,
aunque algunos filósofos han sostenido que, en casos aislados, la inmortalidad
era conferida sobre ellos por adeptos e iniciados que entendían algunos principios
sutiles de los mundos invisibles. De la
misma forma que la desintegración se lleva a cabo en el mundo físico, también
se lleva a cabo en la contraparte etérea de la substancia física. Bajo condiciones normales en la muerte, un espíritu
de la Naturaleza simplemente se disuelve dentro de la primordial esencia
transparente de la cual originalmente se individualizó. Cualquier crecimiento evolutivo que se haya
hecho está registrado únicamente en la conciencia de esa esencia o elemento
primordial, y no en la entidad temporeramente individualizada del
elemental. Al estar sin el organismo
compuesto del hombre y al carecer de sus vehículos espirituales e
intelectuales, los espíritus de la Naturaleza son subhumanos en su inteligencia
racional, pero de sus funciones ---que están
limitadas a un elemento--- ha resultado
una clase especializada de inteligencia que está más adelantada del hombre en
aquellas líneas de investigación peculiares al elemento en el cual existen.
Los Padres de la
Iglesia han aplicado indiscriminadamente los términos íncubos y súcubos a los elementales. Sin embargo, los íncubos y los súcubos son creaciones malignas y no naturales,
mientras que elementales es un término
colectivo para todos los habitantes de las cuatro esencias elementales. Según Paracelso, los íncubos y los súcubos
(que son masculinos y femeninos respectivamente) son criaturas parasitarias que
subsisten sobre los pensamientos y emociones malignas del cuerpo astral. Estos términos también se aplican a los
organismos superfísicos de los hechiceros y magos negros. Aunque estas larvas no son seres imaginarios, son, sin embargo, los vástagos de
la imaginación. Los antiguos sabios reconocían
a estas larvas como la causa invisible de los vicios, ya que ellas se
desplazaban en los éteres que rodeaban a los moralmente débiles y continuamente
los incitaban a cometer excesos de una naturaleza degradante. Por esta razón frecuentaban la atmósfera de
las madrigueras de marihuana, las tabernas y los burdeles, donde se adherían a aquellos desafortunados que se habían
rendido a la iniquidad. Al permitir que
sus sentidos se amortigüen por medio de la indulgencia a las drogas que causan
hábito o a los estimulantes alcohólicos, el individuo temporeramente se relaciona con estos habitantes del
plano astral. La mujer bella y seductora vista
por el adicto al hachís o el opio y los morbosos monstruos que persiguen
a la víctima de delirium tremens son ejemplos de seres submundanos, visibles
solo para aquellos cuyas prácticas malignas son el imán de su atracción.
El vampiro, que
Paracelso define como el cuerpo astral de una persona viva o muerta (usualmente
se refiere al último estado), difiere ampliamente de los elementales y también
de los íncubos y los súcubos. El vampiro
busca prolongar la existencia sobre el plano físico al robar las energías
vitales de los vivos y al apropiarse indebidamente de estas energías para sus
propios fines.
En su De Ente Spirituali, Paracelso escribe lo
siguiente sobre estos seres malignos: “Estos seres no pueden volver obsesivas a
las personas saludables y puras, porque estas Larvas solo pueden actuar sobre
los hombres si estos últimos hacen espacio para ellas en sus mentes. Una mente saludable es un castillo que no
puede ser invadido sin la voluntad de su amo; pero si estas larvas son
autorizadas a entrar, levantan las pasiones de los hombres y las mujeres, les
crean deseos, producen malos pensamientos que actúan nocivamente sobre el
cerebro; afilan el intelecto animal y sofocan el sentido moral. Los espíritus malignos solo obsesionan a
aquellos seres humanos en quienes predomina la naturaleza animal. Las mentes que son iluminadas por el espíritu
de la verdad no pueden ser poseídas; solo aquellos que habitualmente se dejan
llevar por sus propios bajos impulsos pueden estar sujetos a sus influencias”. (Ver Paracelso,
por Franz Hartmann).
Un extraño concepto, que de alguna forma difiere del concepto
convencional, es el que el Conde de
Gabalis desarrolló con relación a la inmaculada
concepción, es decir, que representa la unión de un ser humano con un
elemental. Entre los vástagos de estas
uniones, el Conde menciona a Hércules, Aquiles, Eneas, Teseo, Melquisedec, el
divino Platón, Apolonio de Tiana y Merlín el Mago.
Fin
de este Capítulo
Traducción del original en inglés General Observations, del capítulo The Elements and Their Inhabitants del
libro The Secret Teachings of All Ages de Manly P. Hall. ®Sánchez & Rivera, Traductoras. 2013, Puerto Rico. madias85@yahoo.com

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