LOS
ELEMENTOS Y SUS HABITANTES
Manly P.
Hall
Introducción
2da.
Parte – Final
Para la mente prosaica
de nuestros días podría parecerle ridícula la idea de antaño de que los elementos
invisibles que rodean e interpenetran la Tierra estaban poblados de seres vivos
e inteligentes. Sin embargo, esta
doctrina ha encontrado apoyo en algunos de los más grandes intelectos del
mundo. Los silfos de Facio Cardan, el
filósofo de Milán; la salamandra vista por Bienvenido Cellini, el Pan de San
Antonio y el hombrecito rojo (o
gnomo) de Napoleón Bonaparte, han encontrado sus lugares en las páginas de la
historia.
La literatura también
ha perpetuado el concepto de los espíritus de la Naturaleza. El malvado Puck del Sueño de una Noche de Verano de Shakespeare; los elementales del
poema Rosacruz, La Corsa de la Cerradura,
de Alexander Pope; las misteriosas criaturas del Zanoni de Lord Lytton; la inmortal Campanita de James Barrie; y los
famosos sombreros de hongo que Rip Van Winkle encontró en las montanas
Catskill, son personajes muy bien conocidos para los estudiantes de
literatura. El folclor y la mitología de
todos los pueblos abunda en leyendas relacionadas a estas misteriosas pequeñas
figuras que aparecen en antiguos castillos, custodian tesoros en las
profundidades de la Tierra y construyen sus hogares bajo la amplia protección
de setas. Las hadas son el deleite de la
niñez, y muchos niños se resisten a renunciar a ellas. No hace mucho tiempo atrás, las mentes más
grandes del mundo creían en la existencia de las hadas; y aún queda una
pregunta abierta en cuanto a si Platón, Sócrates e Iamblico erraban al
reconocer su realidad.
Al describir las
substancias que constituyen los cuerpos de los elementales, Paracelso dividió
la carne en dos clases: la primera es aquella que heredamos a través de
Adán. Esta es la carne visible y
corpórea. La segunda es la carne que no
desciende de Adán y que, al estar más
atenuada, no está sujeta a los límites de la primera. Los cuerpos de los elementales se componían
de esta carne transubstancial. Paracelso
decía que existe la misma diferencia entre los cuerpos de los hombres y los
cuerpos de los espíritus de la Naturaleza como la que existe entre la materia y
el espíritu.
El añade: “Aún así, los
Elementales no son espíritus ya que tienen carne, sangre y huesos; viven y
tienen descendencia; comen y hablan, actúan y duermen, etc., y,
consecuentemente, no pueden ser llamados con propiedad ‘espíritus’. Son seres que ocupan un lugar entre los
hombres y los espíritus, que se asemejan a hombres y a espíritus, que se
asemejan a hombres y a mujeres en su organización y forma y que se asemejan a espíritus
en la rapidez de su locomoción”. (Filosofía Oculta, traducido por Franz
Hartmann). Más tarde, el mismo autor
denomina a estas criaturas como compuesto,
ya que la substancia de la cual se componen parece ser un compuesto del
espíritu y de la materia. El utiliza el
color para explicar la idea. Por lo tanto,
la mezcla de azul y rojo produce violeta, un nuevo color, que en nada se
asemeja a los otros de los cuales se compone.
Este es el caso de los espíritus de la Naturaleza; no se asemejan ni a
criaturas espirituales ni a seres materiales; aún así, están compuestos de la
substancia que podemos llamar materia
espiritual, o éter.
Más tarde, Paracelso
añade que aunque el hombre se compone de diferentes naturalezas (espíritu,
alma, mente y cuerpo) combinadas en una sola unidad, el elemental tiene solo un
principio, el éter del cual se
compone y en el cual vive. El lector
debe recordar que el éter se define
como la esencia espiritual de uno de los cuatro elementos. De la misma forma que hay elementos, hay
muchos éteres; y también hay muchas familias distintas de espíritus de la
Naturaleza de la misma forma que hay éteres.
Estas familias están completamente aisladas en su propio éter y no
tienen intercambio alguno con los habitantes de los otros éteres; pero como el
hombre tiene dentro de su propia naturaleza centros de conciencia sensibles a
los impulsos de todos los cuatro
éteres, bajo condiciones adecuadas le es posible comunicarse con cualquiera de
los reinos elementales.
Los espíritus de la Naturaleza
no pueden ser destruídos por los elementos más gruesos tales como el fuego, la
tierra, el aire o el agua material porque funcionan en una proporción de
vibración superior a la de las substancias terrenas. Al estar compuestos de solo un elemento o
principio (el éter en el cual funcionan), no tienen espíritu inmortal y, tras
la muerte, simplemente se desintegran en el elemento del cual originalmente se
individualizaron. Ninguna conciencia
individual se preserva después de la muerte ya que no hay vehículo superior
presente que la contenga. Al estar
hechos de solo una substancia, no hay fricción
entre los vehículos; por esta razón, hay poco desgaste en sus funciones
corporales, y por lo tanto, viven hasta una edad más adulta. Aquellos que se componen de éter de tierra
viven menos; aquellos que se componen de éter de aire, viven más. La duración promedio de vida es de entre trescientos y mil
años. Paracelso decía que viven en
condiciones similares a nuestros ambientes terrenales y que de alguna forma
están sujetos a las enfermedades. Se
cree que estas criaturas son incapaces de desarrollarse espiritualmente, pero
muchas de ellas tienen un carácter moral superior.
Con relación a los éteres
primarios en los cuales existen los espíritus de la Naturaleza, Paracelso escribió:
“Ellos habitan en los cuatro elementos: las Ninfas en el elemento del agua, los Silfos en el del aire, los Pigmeos en la tierra y las Salamandras en el
fuego. Ellos también son llamados
Ondinas, Silvestres, Gnomos, Vulcanos, etc.
Cada especie se mueve solamente en el elemento al cual pertenece y
ninguna puede salir de su elemento correspondiente, que para ellos es como el
aire es para nosotros, o el agua para los peces; y ninguno de ellos puede vivir
en el elemento perteneciente a otra clase.
Para cada ser primario, el elemento en el cual vive es transparente,
invisible y respirable, como la atmosfera lo es para nosotros”. (Filosofía
Oculta, traducido por Franz Hartmann).
El lector debe cuidarse
de no confundir a los espíritus de la Naturaleza con las verdaderas ondas de
vida que evolucionan a través de los mundos invisibles. Mientras los elementales se componen de solo
una esencia etérica (o atómica), los ángeles, arcángeles y otras entidades
superiores y trascendentales tienen organismos compuestos que consisten de una
naturaleza espiritual y una cadena de vehículos que expresan esa naturaleza que
no es diferente a la de los hombres, pero que no incluye el cuerpo físico con
sus consiguientes limitaciones.
Generalmente a la filosofía
de los espíritus de la Naturaleza se le atribuye un origen oriental,
probablemente Brahmánico; y Paracelso obtuvo su conocimiento de estos espíritus
de los sabios orientales con los cuales hizo contacto durante su vida de filósofo
errante. Los egipcios y griegos
recogieron su información de la misma fuente.
Las cuatro divisiones principales de los espíritus de la Naturaleza
ahora deben ser consideradas de forma separada, según las enseñanzas de
Paracelso y el Abad de Villars y de los escasos escritos disponibles de otros
autores.
Traducción del original en
inglés The Elements and Their Inhabitants
del libro The Secret Teachings of All Ages de Manly P. Hall. ®Sánchez & Rivera, Traductoras. 2013, Puerto Rico. madias85@yahoo.com

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