ALQUIMIA Y SUS EXPONENTES
Manly P. Hall
Nicholas
Flammel
En la última parte del Siglo Catorce, en
París vivió un hombre cuyo negocio era esclarecer manuscritos y redactar escrituras
y documentos. El mundo está en deuda con
Nicholas Flammel por su saber de un tomo muy notable, el cual le compró, por una
suma insignificante, a un negociante de libros que estuvo en contacto con él
debido a su profesión de escribano. La
historia de este curioso documento, llamado el Libro de Abraham el Judío, se narra mejor en sus propias palabras, según
preservadas en sus Figuras Jeroglíficas:
“Por lo tanto, yo, Nicholas Flammel,
Notario, tras el deceso de mis padres, le dediqué mi vida a nuestro arte de
escribir, realizando inventarios, preparando informes y resumiendo los gastos
de tutores y pupilos; cayó en mis manos, por la suma de dos florines, un libro
dorado, muy antiguo y grande. A
diferencia de otros libros, no era de papel, tampoco era de pergamino; más bien
solo estaba hecho de delicadas cortezas (según mi apreciación) de arboles tiernos
y jóvenes. La cubierta era de metal,
bien encuadernado, todo grabado en letras o extrañas figuras; y de mi parte, pienso
que muy bien podrían ser caracteres griegos, o algún lenguaje antiguo
similar. De esto estoy seguro. No podía leerlos, y se bien que no eran notas
o cartas escritas en latín o galo, aunque entendemos poco de estos idiomas.
“En cuanto a aquello que había dentro de
este libro, las páginas de corteza estaban grabadas y escritas con admirable
diligencia con un puntaje de hierro, en claras y ordenadas letras latinas
coloreadas. Contenía tres veces siete páginas,
porque así fueron numeradas en su parte
superior; y siempre, en cada séptima página, estaba pintada una virgen con una
serpiente tragándosela. En las segundas
siete, había una cruz donde estaba crucificada una serpiente; y en las últimas
siete, habían desiertos pintados, en cuyo centro habían fuentes claras, de
donde salía un número de serpientes que corrían por todos lados. Sobre la primera de las páginas estaba
escrito, con grandes letras mayúsculas de oro, Abraham el Judío, Príncipe, Sacerdote, Levita, Astrólogo y Filósofo, a
la Nación de los Judíos, que por el Furor de Dios fueron dispersados entre los
Galos, envía Salud. Después de esto se llenó de grandes maldiciones y
hechizos (con la palabra Maranatha,
que allí a veces se repetía) contra cada persona que pusiera sus ojos sobre éste, si no era Sacrificador o Escriba.
“Quien me vendió este libro no sabía lo
que valía, tampoco conocía más que yo cuando lo compré; creo que fue robado o
tomado de los afligidos judíos, o encontrado en alguna parte del antiguo lugar
de su morada. Dentro del libro, en la
segunda página, consoló a su nación, aconsejándole que abandonaran sus vicios y
que, sobre toda idolatría, esperaran con dulce paciencia la llegada del Mesías
que vencería a todos los reyes de la Tierra y que reinaría con Su pueblo en
gloria eterna. Sin duda, este era un
hombre muy sabio y con entendimiento.
“En la tercera página, y en todos los demás
escritos que le seguían, para ayudar a su cautiva nación a rendirle tributo a
los emperadores romanos, y a hacer otras cosas, de las cuales no hablaré, en
palabras comunes les enseñó la transmutación de metales; pintó las vasijas por
los lados y les advirtió sobre los colores y sobre todo lo demás, salvo por el
primer agente, del cual no dijo ni una sola palabra, sin embargo, solo (como él
dijo) en la cuarta y quinta página lo pintó, y lo adornó con gran astucia y terminación:
porque aunque estaba bien y legiblemente adornado y pintado, aún así ningún
hombre podía ser capaz de entenderlo sin estar diestro en su Cábala, que sigue
por tradición, y sin haber estudiado bien sus libros.
“La cuarta y quinta página no tenían escritura;
más bien estaban llenas de claras e iluminadas figuras, o lo que parecían claras
e iluminadas figuras; el trabajo era muy exquisito. Primero pintó a un hombre joven con alas en
sus tobillos, sosteniendo en su mano un bastón Caduceo, con dos serpientes
retorcidas, equilibradas sobre un yelmo que cubría su cabeza. Para mi poco entendimiento, parecía ser el
Dios Mercurio de los paganos: contra él salió corriendo y volando con sus alas
abiertas un magnífico anciano que tenía sobre su cabeza un ajustado reloj de
arena, y en su mano, igual que la muerte, tenía un libro (o guadaña) con el
cual, de forma espantosa y enfurecida, le cortó los pies a Mercurio. Al otro lado de la cuarta página, pintó una
clara flor en la parte superior de una montaña muy alta que estaba herida y
sacudida por el viento del Norte; tenía el pie azul, las flores eran blancas y
rojas, las hojas brillaban como oro fino: y alrededor de ésta, los dragones y
buitres del Norte construyeron sus nidos y moradas.
“En la quinta página, había un claro
rosal que florecía en medio de un encantador jardín; subiendo un cavernoso
roble, a sus pies hervía una fuente de agua muy blanca que corrió por las
profundidades; sin embargo, primero pasó entre las manos de infinitas personas
que cavaban la tierra buscando esta fuente; pero debido al hecho de que estaban
ciegos, ninguno conocía esta fuente, excepto uno que consideraba su peso por
todos lados. En el último lado de la
quinta página había un rey con una gran sable que hizo que en su presencia
algunos soldados asesinaran a una gran multitud de niños pequeños, cuyas madres
gemían a los pies de los desvergonzados soldados: la sangre de estos infantes
fue más tarde recolectada por otros soldados; y fue colocada en un gran recipiente
donde se bañaban el sol y la luna.
“Y por esto, esta historia representaba
la mayor parte de los inocentes asesinados por Herodes; y con este libro aprendí
la mayor parte del arte; esta fue una de las razones por las cuales coloqué en
el jardín de su iglesia estos Símbolos Jeroglíficos de esta ciencia
secreta. Y de esta forma pueden ver
aquello que estaba en las primeras cinco páginas.
“No les presentaré aquello que fue
escrito en buen y legible latín en todas las demás páginas escritas, porque
Dios me castigaría por cometer una gran perversidad, aquél que (como se dice)
deseaba que todos los hombres del Mundo tuviesen una sola cabeza para cortar de
un golpe. Por lo tanto, teniendo conmigo
este claro libro, no hice nada más por el día y por la noche que no fuera
estudiarlo; entendiendo muy bien todas las operaciones que mostraba; mas no sabía
con cual asunto comenzar; ésto me volvió muy laborioso y solitario, y me hizo
buscar suspiros. Mi esposa Perrenella, a
quien amé tanto como a mí mismo, y con quien más tarde me casé, se asombró
mucho con esto, consolándome y preguntándose encarecidamente si podía, de
alguna forma, sacarme de este problema. Quizás,
no podía callarme; se lo dije todo, y le mostré este claro libro del cual, en
el mismo instante que lo vió, se enamoró tanto como yo, tomando, con gozo
extremo, el observar la clara cubierta, los grabados, imágenes y retratos que,
sin embargo, entendía tan poco como yo: aún así, fue un gran consuelo para mí
el hablarle, y el entretenerme en lo que debíamos hacer para tener sus
interpretaciones”.
Nicholas Flammel pasó muchos años
estudiando el misterioso libro. Incluso pintó
los cuadros que éste contenía por todas las paredes de su casa y realizó
numerosas copias que les mostró a los eruditos con los que se contactó, pero
ninguno podía explicar su significado secreto.
Finalmente, determinó salir en búsqueda de un adepto, o sabio, y tras
muchos vagabundeos conoció a un físico ---de nombre Maestro Canches--- que de inmediato se interesó en los
diagramas y solicitó ver el libro original.
Comenzaron en París, y en el camino, el físico adepto le explicó a Flammel
muchos de los principios de los jeroglifos, pero antes de que su travesía
llegara a su fin, el Maestro Canches se enfermó y murió. Flammel lo enterró en Orleans, pero habiendo
meditado profundamente en la información que había obtenido durante su breve relación,
fue capaz, con la ayuda de su esposa, de trabajar en la fórmula para transmutar
metales básicos en oro. Realizó el
experimento varias veces con perfecto éxito, y antes de su muerte ocasionó que
un número de figuras jeroglíficas fuesen pintadas sobre un arco en el jardín de
la iglesia de San Inocencio en París, en donde ocultó la fórmula completa según
le fuera revelada del Libro de Abraham el
Judío.
Traducción del original en inglés Nicholas Flammel del capítulo Alchemy and Its Exponets del libro The
Secret Teachings of All Ages de Manly P. Hall. ®Sánchez & Rivera, Traductoras. 2012, Puerto Rico. riverafarrell@gmail.com
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