Este libro está dedicado a todas las almas racionales del mundo.

Este libro está dedicado a todas las almas racionales del mundo.
MANLY P. HALL - "ESTE LIBRO ESTA DEDICADO A TODAS LAS ALMAS RACIONALES DEL MUNDO".

viernes, 19 de octubre de 2012

NICHOLAS FLAMMEL - Alquimia y sus Exponentes





ALQUIMIA Y SUS EXPONENTES
Manly P. Hall

Nicholas Flammel

En la última parte del Siglo Catorce, en París vivió un hombre cuyo negocio era esclarecer manuscritos y redactar escrituras y documentos.  El mundo está en deuda con Nicholas Flammel por su saber de un tomo muy notable, el cual le compró, por una suma insignificante, a un negociante de libros que estuvo en contacto con él debido a su profesión de escribano.  La historia de este curioso documento, llamado el Libro de Abraham el Judío, se narra mejor en sus propias palabras, según preservadas en sus Figuras Jeroglíficas:

“Por lo tanto, yo, Nicholas Flammel, Notario, tras el deceso de mis padres, le dediqué mi vida a nuestro arte de escribir, realizando inventarios, preparando informes y resumiendo los gastos de tutores y pupilos; cayó en mis manos, por la suma de dos florines, un libro dorado, muy antiguo y grande.  A diferencia de otros libros, no era de papel, tampoco era de pergamino; más bien solo estaba hecho de delicadas cortezas (según mi apreciación) de arboles tiernos y jóvenes.  La cubierta era de metal, bien encuadernado, todo grabado en letras o extrañas figuras; y de mi parte, pienso que muy bien podrían ser caracteres griegos, o algún lenguaje antiguo similar.  De esto estoy seguro.  No podía leerlos, y se bien que no eran notas o cartas escritas en latín o galo, aunque entendemos poco de estos idiomas.

“En cuanto a aquello que había dentro de este libro, las páginas de corteza estaban grabadas y escritas con admirable diligencia con un puntaje de hierro, en claras y ordenadas letras latinas coloreadas.  Contenía tres veces siete páginas, porque así fueron numeradas  en su parte superior; y siempre, en cada séptima página, estaba pintada una virgen con una serpiente tragándosela.  En las segundas siete, había una cruz donde estaba crucificada una serpiente; y en las últimas siete, habían desiertos pintados, en cuyo centro habían fuentes claras, de donde salía un número de serpientes que corrían por todos lados.  Sobre la primera de las páginas estaba escrito, con grandes letras mayúsculas de oro, Abraham el Judío, Príncipe, Sacerdote, Levita, Astrólogo y Filósofo, a la Nación de los Judíos, que por el Furor de Dios fueron dispersados entre los Galos, envía Salud. Después de esto se llenó de grandes maldiciones y hechizos (con la palabra Maranatha, que allí a veces se repetía) contra cada persona que pusiera sus ojos sobre éste,  si no era Sacrificador o Escriba.

“Quien me vendió este libro no sabía lo que valía, tampoco conocía más que yo cuando lo compré; creo que fue robado o tomado de los afligidos judíos, o encontrado en alguna parte del antiguo lugar de su morada.  Dentro del libro, en la segunda página, consoló a su nación, aconsejándole que abandonaran sus vicios y que, sobre toda idolatría, esperaran con dulce paciencia la llegada del Mesías que vencería a todos los reyes de la Tierra y que reinaría con Su pueblo en gloria eterna.  Sin duda, este era un hombre muy sabio y con entendimiento.

“En la tercera página, y en todos los demás escritos que le seguían, para ayudar a su cautiva nación a rendirle tributo a los emperadores romanos, y a hacer otras cosas, de las cuales no hablaré, en palabras comunes les enseñó la transmutación de metales; pintó las vasijas por los lados y les advirtió sobre los colores y sobre todo lo demás, salvo por el primer agente, del cual no dijo ni una sola palabra, sin embargo, solo (como él dijo) en la cuarta y quinta página lo pintó, y lo adornó con gran astucia y terminación: porque aunque estaba bien y legiblemente adornado y pintado, aún así ningún hombre podía ser capaz de entenderlo sin estar diestro en su Cábala, que sigue por tradición, y sin haber estudiado bien sus libros.

“La cuarta y quinta página no tenían escritura; más bien estaban llenas de claras e iluminadas figuras, o lo que parecían claras e iluminadas figuras; el trabajo era muy exquisito.  Primero pintó a un hombre joven con alas en sus tobillos, sosteniendo en su mano un bastón Caduceo, con dos serpientes retorcidas, equilibradas sobre un yelmo que cubría su cabeza.  Para mi poco entendimiento, parecía ser el Dios Mercurio de los paganos: contra él salió corriendo y volando con sus alas abiertas un magnífico anciano que tenía sobre su cabeza un ajustado reloj de arena, y en su mano, igual que la muerte, tenía un libro (o guadaña) con el cual, de forma espantosa y enfurecida, le cortó los pies a Mercurio.  Al otro lado de la cuarta página, pintó una clara flor en la parte superior de una montaña muy alta que estaba herida y sacudida por el viento del Norte; tenía el pie azul, las flores eran blancas y rojas, las hojas brillaban como oro fino: y alrededor de ésta, los dragones y buitres del Norte construyeron sus nidos y moradas.

“En la quinta página, había un claro rosal que florecía en medio de un encantador jardín; subiendo un cavernoso roble, a sus pies hervía una fuente de agua muy blanca que corrió por las profundidades; sin embargo, primero pasó entre las manos de infinitas personas que cavaban la tierra buscando esta fuente; pero debido al hecho de que estaban ciegos, ninguno conocía esta fuente, excepto uno que consideraba su peso por todos lados.  En el último lado de la quinta página había un rey con una gran sable que hizo que en su presencia algunos soldados asesinaran a una gran multitud de niños pequeños, cuyas madres gemían a los pies de los desvergonzados soldados: la sangre de estos infantes fue más tarde recolectada por otros soldados; y fue colocada en un gran recipiente donde se bañaban el sol y la luna.
“Y por esto, esta historia representaba la mayor parte de los inocentes asesinados por Herodes; y con este libro aprendí la mayor parte del arte; esta fue una de las razones por las cuales coloqué en el jardín de su iglesia estos Símbolos Jeroglíficos de esta ciencia secreta.  Y de esta forma pueden ver aquello que estaba en las primeras cinco páginas.

“No les presentaré aquello que fue escrito en buen y legible latín en todas las demás páginas escritas, porque Dios me castigaría por cometer una gran perversidad, aquél que (como se dice) deseaba que todos los hombres del Mundo tuviesen una sola cabeza para cortar de un golpe.  Por lo tanto, teniendo conmigo este claro libro, no hice nada más por el día y por la noche que no fuera estudiarlo; entendiendo muy bien todas las operaciones que mostraba; mas no sabía con cual asunto comenzar; ésto me volvió muy laborioso y solitario, y me hizo buscar suspiros.  Mi esposa Perrenella, a quien amé tanto como a mí mismo, y con quien más tarde me casé, se asombró mucho con esto, consolándome y preguntándose encarecidamente si podía, de alguna forma, sacarme de este problema.  Quizás, no podía callarme; se lo dije todo, y le mostré este claro libro del cual, en el mismo instante que lo vió, se enamoró tanto como yo, tomando, con gozo extremo, el observar la clara cubierta, los grabados, imágenes y retratos que, sin embargo, entendía tan poco como yo: aún así, fue un gran consuelo para mí el hablarle, y el entretenerme en lo que debíamos hacer para tener sus interpretaciones”.

Nicholas Flammel pasó muchos años estudiando el misterioso libro.  Incluso pintó los cuadros que éste contenía por todas las paredes de su casa y realizó numerosas copias que les mostró a los eruditos con los que se contactó, pero ninguno podía explicar su significado secreto.  Finalmente, determinó salir en búsqueda de un adepto, o sabio, y tras muchos vagabundeos conoció a un físico   ---de nombre Maestro Canches---   que de inmediato se interesó en los diagramas y solicitó ver el libro original.  Comenzaron en París, y en el camino, el físico adepto le explicó a Flammel muchos de los principios de los jeroglifos, pero antes de que su travesía llegara a su fin, el Maestro Canches se enfermó y murió.  Flammel lo enterró en Orleans, pero habiendo meditado profundamente en la información que había obtenido durante su breve relación, fue capaz, con la ayuda de su esposa, de trabajar en la fórmula para transmutar metales básicos en oro.  Realizó el experimento varias veces con perfecto éxito, y antes de su muerte ocasionó que un número de figuras jeroglíficas fuesen pintadas sobre un arco en el jardín de la iglesia de San Inocencio en París, en donde ocultó la fórmula completa según le fuera revelada del Libro de Abraham el Judío.



Traducción del original en inglés Nicholas Flammel del capítulo Alchemy and Its Exponets del libro The Secret Teachings of All Ages de Manly P. Hall.  ®Sánchez & Rivera, Traductoras.  2012, Puerto Rico.  riverafarrell@gmail.com

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