La superstición favorece al poder sacerdotal, y el entusiasmo es tan contrario a él, o incluso más, que la filosofía y el sano juicio.
Como la superstición se funda en el miedo, la tristeza y la depresión de los espíritus, hace que la persona se represente a sí misma con colores tan despreciables que le parece indigno, a sus propios ojos, acercarse a la presencia divina; por lo cual recurre naturalmente a cualquier otro hombre, cuya santidad de vida, o quizás insolencia y astucia, supuestamente lo hayan hecho más favorecido por la divinidad. A él le confían los supersticiosos sus devociones; ponen sus plegarias, sus pedidos y sus sacrificios bajo su cuidado, y a través de él esperan que sean recibidas con aceptación por su colérica divinidad. De allí que el origen de los SACERDOTES pueda atribuirse con justicia a la invención de una superstición abyecta y timorata que, siempre insegura de sí misma, no es capaz de ofrecer sus propias devociones sino que, en su ignorancia, piensa encomendarse a la divinidad por medio de sus supuestos sirvientes y amigos.
Dado que la superstición es un ingrediente considerable de casi todas las religiones, incluso en las más fanáticas, y siendo sólo la filosofía capaz de vencer por completo esos terrores inexplicables, por eso ocurre que en casi todas las sectas religiosas hay sacerdotes, y cuando más fuerte es la mezcla de superstición, mayor es la autoridad del sacerdocio.
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