Mientras todos hablaban al mismo tiempo
tú prestabas atención a quien casi nadie escuchaba.
No interrumpiste,
no buscaste ser protagonista,
solo hiciste sentir importante a alguien que lo necesitaba.
En ese instante confirmé
que la elegancia más bonita
no está en la ropa ni en las palabras,
sino en la forma en que hacemos sentir
a los demás.
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