No me hables demasiado de religión, más bien déjame ver la religión en tus acciones.
Porque cualquiera puede llenarse la boca hablando de fe, de valores, de lo correcto… pero pocos son capaces de sostener eso cuando la vida los pone a prueba. Es muy fácil parecer “correcto” en público, compartir mensajes bonitos y dar lecciones a otros, mientras en lo privado se critica, se hiere y se actúa sin la mínima coherencia. Ahí es donde todo pierde valor. Porque una cosa es lo que dices ser… y otra muy distinta lo que demuestras cuando nadie te está aplaudiendo.
Al final, la fe no se mide por cuánto hablas de ella, sino por cómo vives. Por cómo tratas a quien no te puede dar nada, por cómo respondes cuando te fallan, por la forma en la que eliges actuar incluso cuando nadie te está viendo. Porque si tus palabras hablan de luz, pero tus acciones reflejan lo contrario… entonces no es fe, es apariencia. Y la apariencia, tarde o temprano, siempre se cae.
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