La defensa más segura contra el mal es el individualismo, la originalidad de pensamiento, lo caprichoso e incluso, si se quiere, la excentricidad. Es decir, algo que no puede ser simulado, falseado, imitado; algo con lo que ni siquiera un impostor experimentado podría sentirse satisfecho. Algo, en otras palabras, que no se puede compartir, como tu propia piel: ni siquiera por una minoría.
El mal es un tonto por la solidez. Siempre opta por grandes números, por granito confiado, por pureza ideológica, por ejércitos disciplinados y balances equilibrados. Su proclividad por tales cosas tiene que ver con su inseguridad innata, pero esta realización, nuevamente, es de poco consuelo cuando el mal triunfa.
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