Los hombres han comprendido instintivamente que sólo sueña el que no esté completamente seguro de su situación. Estudiando nuestra vida onírica podríamos ver que cuando alguien está seguro y sabe siempre lo que debe hacer, no sueña. Una persona sueña cuando cree que no podrá resolver en la vida despierta alguna dificultad, algún problema, porque necesita algo para dominarlo.
La psicología individual ha comprobado que en el sueño se produce un afecto, una emoción, una dirección psíquica que marca un camino determinado, el cual quiere seguir el soñador. Lo que se intenta en el sueño es producir un estado afectivo que nos arrastre para poder resolver cuestiones y problemas de la vida cotidiana, que no se pueden solucionar en la vida diurna sin este estado afectivo.
Cuando nos encontramos ante un problema se produce en el sueño un estado afectivo, una línea directriz en la cual nos debemos mover, y que conduce a la solución de esta dificultad que no se podía dominar en la vida diurna con los procedimientos de la lógica, conservando al mismo tiempo el sentido de su estilo de vida. En realidad, no hay ninguna diferencia fundamental entre la vida de los sueños y la vida despierta; trabajamos también con sentimientos y afectos cuando nos queremos persuadir de algo.

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