Si no existiera una
conciencia eterna en el hombre, si como fundamento de todas las cosas se
encontrase sólo una fuerza salvaje y desenfrenada que retorciéndose en oscuras
pasiones generase todo, tanto lo grandioso como lo insignificante, si un abismo
sin fondo, imposible de colmar, se ocultase detrás de todo, ¿qué otra cosa
podría ser la existencia sino desesperación? Y si así fuera, si no existiera un
vínculo sagrado que mantuviera la unión de la humanidad, si las generaciones se
sucediesen unas a otras del mismo modo que renueva el bosque sus hojas, si una
generación continuase a la otra del mismo modo que de árbol a árbol continúa un
pájaro el canto de otro, si las generaciones pasaran por este mundo como las
naves pasan por el mar, como el huracán atraviesa el desierto: actos
inconscientes y estériles; si un eterno olvido siempre voraz hiciese presa en
todo y no existiese un poder capaz de arrancarle el botín, ¡cuán vacía y
desconsolada no sería la existencia!
Soren Kierkegaard en Temor
y Temblor

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