En la práctica marcial, el ojo que observa se entrena mirando sin fijar.
Dirige la vista hacia el rostro del compañero, pero sin concentrarte en nada. Deja que tu mirada abarque su cuerpo, el entorno y la distancia. No te encierres en un punto.
En la vida ocurre igual.
Cuando solo “miramos”, juzgamos rápido: clasificamos, opinamos, suponemos. Pero cuando observamos, comprendemos.
El ojo que observa no busca confirmar nada: registra, entiende, percibe el ritmo de las cosas antes de actuar.
En una conversación, observar es escuchar más allá de las palabras. En una decisión, observar es ver el conjunto antes del paso siguiente.
Esa mirada amplia —la que no se aferra ni se apura— es la que ve con claridad.
Musashi lo sabía: quien aprende a ver sin mirar, deja de reaccionar y empieza a comprender.
Y en ese instante, todo el mundo se vuelve visible.
Gabriel Benitez©
...aprende a VER sin mirar.
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